sábado, 20 de julio de 2013

Ritos de iniciación y magia en la Universidad

Hace poco recibí “el cartón” que me acredita como profesional, y todavía no sé lo que eso significa. O más bien, me siento igual que antes. Se supone que “estoy listo” para enfrentar el mundo, pero no es así. Es como si faltara algo. Tal vez la carrera se va demasiado rápido, y después de cuatro años y medio uno está como al principio, solo y sin pista, igual que en una carrera a través del desierto. 

Ilustración: Edwin Howland Blashfield.

EL DIPLOMA LO DAN EN UNA CEREMONIA SOLEMNE, algo ridícula, quizás. Es gracioso vernos vestidos como monjes medievales, intentando cantar un himno que nunca oímos y jurando ante la pirámide y la rueda de doce dientes: el escudo de Eafit.

Pero todo eso no es una broma, en verdad juramos algo muy serio. Una graduación es un rito de iniciación, o lo que nos queda de esos ritos, presentes en todo el mundo, que sirven para dejar claro el paso de la niñez a la vida adulta, de la vida familiar a la vida en sociedad.

En unas islas del pacífico, algunos nativos saltan desde una torre de 30 metros con los tobillos atados a unas lianas. A otros les hacen cientos de cortes en la espalda para que parezcan cocodrilos. En Brasil, los indios Sateré-Mawé obligan a los jóvenes a meter las manos en guantes repletos de hormigas venenosas.

En Norteamérica, a los guerreros indígenas se les ordenaba ayunar durante cuatro días y después les colgaban de la piel hasta que perdieran el conocimiento. En películas de Hollywood podemos ver que todavía hoy, en sociedades civilizadas, existen violentos ritos de iniciación para quienes desean hacer parte de una fraternidad, por ejemplo.

Los ritos pueden parecer absurdos y bárbaros, tal vez “inhumanos”. Pero dicen mucho: de hecho, en un sentido simbólico, el rito de iniciación te hace un ser humano completo. Antes del rito no sos humano, sino algo incompleto, un animal. (Acuérdense de Pinocho que “quería ser un niño de verdad”, e hizo todo para conseguirlo).


Nada es gratis

Para obtener un bien mayor, algo tiene que morir. La muerte simbólica del rito se recompensa con la revelación del secreto y el poder mágico. Después de la iniciación sos alguien que sobrevivió la muerte (la muerte de la personalidad infantil) y volvió a la vida para afrontar el mundo como un adulto y vivir en comunidad.

A nosotros no nos cortan el cuerpo o nos tiran de un edificio de diez pisos para demostrar que somos maduros. Una graduación universitaria nunca será esa, pero la presión para dejar de ser niño y convertirse en un miembro adulto del grupo es igual en todas partes.

Quizás la violencia física de otros pueblos la reemplazamos nosotros con violencia mental: sentirse solo y sin pista “igual que en una carrera a través de desierto”. 

Pero todavía hacemos sufrir un poco a los primíparos…

Si entendemos los grados como uno de nuestros ritos de iniciación, entonces pueden significar: “bienvenido a la vida adulta y en sociedad, ahora esperamos algo de vos”. “¡Pero si todavía no somos adultos, todavía falta algo!” ¿O sí somos adultos…? Parece que hasta un guante de hormigas ayuda a entender. En todo caso hay que sufrir la muerte simbólica del niño que hay en nosotros, y no es fácil.

Además, ser adulto es raro. Hoy en día, ni siquiera parece deseable. Los adultos quieren ser adolescentes y divertirse en la playa. Responsabilidades y lealtades absurdas, y en el fondo soledad… eso son los adultos en las series gringas. Pero ser eternamente un niño es un peligro cultural que los ritos de iniciación expresan a través de una muerte simbólica.

La universidad da poderes mágicos

El primer día en la U vimos caras llenas de futuro. Éramos niños: sonrisas y miradas adolescentes, todo era nuevo y todo estaba por venir. El mejor amigo y el enemigo eran iguales y desconocidos. Desconocíamos mucho de nosotros mismos.

Pero ahora todo parece obvio: siempre fue “uno mismo”, y el amigo tenía cara de amigo. Y no tenemos las mismas sonrisas o las mismas miradas. Algo tuvo que cambiar, ¡algo que tuvo que morir!

Ser consciente de eso es lo que me faltaba: estar en la universidad ya no es lo mismo, y aunque hay una inmensa gratitud, hay que decir con Nietzsche: “se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo”.

Ahora me pregunto: ¿La universidad es para estudiar ingeniería, ciencias, humanidades, negocios... o para estudiarse a sí mismo…?

La magia no es más que conocimiento visto con los ojos del que no sabe. Un pueblo que jamás conoció la pólvora cree que los disparos son truenos de los dioses. Tal vez no es importante saber qué significa recibir “un cartón”, porque en verdad recibí otra cosa. La Universidad da acceso a un verdadero secreto o poder “mágico”: el conocimiento para entender y transformar la vida social.

Y son muchos los desafíos que se nos exige como jóvenes adultos, como universitarios y como generación. Cada uno de nosotros debe encontrar su reto, y así ayudar a construír una comunidad global que equilibre las exigencias del desarrollo individual y colectivo, que sepa comprender la relación entre hombre y naturaleza, y que valore los ciclos de la vida y la muerte como algo necesario para el mantenimiento mismo de la existencia.

jueves, 10 de mayo de 2012

El vacío ansioso

La formación del hombre: el Bildungsroman de Christopher Hitchens.


UN HOMBRE QUE INFLAMA PASIONES: crítico implacable, polemizador incómodo, argumentador contundente; una pluma que ostenta un sentido natural de la lógica hace de Christopher Hinches un formidable escritor, retórico y orador, esto último al menos, hasta que un cáncer de esófago debilitara su habla y finalmente lo matara en diciembre de 2011 a los 66 años.

Nacido en Portsmouth, Inglaterra, Hitchens es definido como ensayista, crítico literario y periodista. Desde sus años de estudiante en Oxford, donde se graduó como licenciado en filosofía, política y economía, Hitchens mostró su violenta tendencia a la crítica demoledora, corrosiva, sin eufemismos y ánimos conciliadores, características que lo acompañarán para siempre.

Su carrera siempre estuvo ligada al periodismo. Apasionado lector, conocedor de la historia de las letras, filosofía y la política de su país y de Estados Unidos, hábil narrador y curioso reportero. Todas estas, cualidades que un periodista debería tener.

Sin embargo, Hitchens, más que un periodista, es un intelectual y un crítico: fue despedido de su primer trabajo como editor del Times Higher Education Supplement y admitió que odiaba el trabajo.

En un libro suyo, Amor, Pobreza y Guerra, de 2004, Hitchens muestra las cualidades de un mal periodista canónico: su lenguaje es denso y pretencioso, juzga y participa de las historias a voluntad, los temas son especializados y poco pertinentes para el ignorante en literatura romántica anglosajona, por ejemplo.

Si se pudiera hablar de Hitchens como periodista, estaría condenado al género de opinión. Esto no es una tragedia en modo alguno, la opinión puede ser tildada de subjetiva, pero aún así es más humana y para algunos, más cierta. 


El imperio de la razón

En Huxley, un mundo feliz, uno de sus ensayos en Amor, Pobreza y Guerra, Hitchens adjudica al escritor Aldous Huxley un “filósofo favorito”: el griego Pirrón, quien “defendía la superstición del juicio cualquier asunto relacionado con la verdad. Cualquier posición podría ser tan correcta como errónea”.

Pese a tal relativismo y al anti-teísmo que enorgullece a Hitchens como “uno de los cuatro jinetes del nuevo ateísmo”, se le escapa al británico una aspiración absoluta y romántica. 

En Las medallas de sus derrotas, afirma que “Como especie, parecemos tener la necesidad de algo noble y altanero. La tarea de la crítica podría definirse como el trabajo de civilizar esa necesidad: la apreciación de la decencia y el heroísmo verdaderos frente a las coacciones de las leyendas de la raza y los mitos de sangre”. Como de costumbre, Hitchens blande un doble filo: concede y condena con la misma mano.

En un obituario que le dedicó BBC Mundo, aparece una declaración de Hitchens, consumido por el mismo cáncer que mató a su padre: "A veces desearía estar sufriendo por una buena causa o arriesgar mi vida para el bien de los otros, en vez de ser simplemente un paciente en grave peligro de extinción".

En Just a pretty Face?, un artículo de Sean O'Hagan para de The Observer, Hitchens confiesa admirar al Che Guevara: “Su muerte significó mucho para mí y para muchos. Él era un modelo a seguir, aunque sea imposible para nosotros los románticos burgueses en la medida en que él hizo lo que los revolucionarios estaban destinados a hacer: luchar y morir por sus creencias.

Hitchens, dicho está, es un nombre que inflama las pasiones. Parece atrapado en una contradicción entre la lógica racional y ordenadora, de un lado, y una profunda sensibilidad estética, irracional y caótica, por otro. 

En Un hombre de contradicciones permanentes, Hitchens cita al poeta Rudyard Kipling: “Si puedes hablar con las masas y conservar tu virtud, o caminar con reyes sin perder el contacto con la gente…”

Hitchens detiene la voz de Kipling, una voz que podría ser la suya propia, antes de que sepamos qué pasaría. Tal vez él mismo no lo sabe. Los ensayos de Amor, Pobreza y Guerra no están escritos para las masas. 

Un prejuicio, de que Hitchens escribe sobre todo para satisfacerse a sí mismo, es tentador. Sin embargo es un autor que opina y lo hace con argumentos. Quiere en el fondo ilustrar y convencer. Él mismo no necesita convencerse más y su grandilocuencia es la de un iluminado.

Escribir sobre historia o sobre literatura no es lo mismo. El criterio y los argumentos que deben emplearse para evaluar y refutar una decisión política no han de ser los mismos que para evaluar una obra literaria. Los primeros primero deben ser racionales, libres de sesgos sentimentalistas. Los segundos deben ser lo contrario, pródigos en el sentimiento y la contemplación estética.

Chistopher Hitchens camina peligrosa pero ágilmente sobre el límite. En Amor habla de Churchill y Trostky con rigor histórico e investigativo, demostrando su admiración por estos grandes hombres de la historia moderna. Así mismo se acerca a ellos como lo que son, hombres que ejercieron e influyeron profundamente en la política, pero hombres, a pesar de todo.

Y el hombre no se caracteriza sólo por su racionalidad crítica. Estos hombres cubiertos por la leyenda perderían mucho bajo la lupa de la razón. El imperio de la razón y el utilitarismo pueden desembocar en la pesadilla de Huxley y Orwell, una sociedad en la cual “El ser humano puede ser diseñado y controlado, desde el útero hasta la tumba, por su propio bien”. 


“La causa” de Hitchens

El Hichens racional defiende la secularización de la política, el anti-teísmo y la anti-religiosidad. Fue socio de honor de la National Secular Society, una organización británica que aboga por la distinción entre iglesia y estado en el Reino Unido. Para ellos la religión debe ser tomada como algo privado, que no influya la esfera pública. 

En un artículo para Slate Magazine, titulado Can Israel Survive for Another 60 Years?, Hitchens afirma que los judíos, “en lugar de luchar por el sionismo deberían ayudar a secularizar y reformar sus propias sociedades”. Igual se lamenta por la “degeneración del nacionalismo palestino hacia la teocracia y tanatocracia de Hamas y la Yihad Islámica”.

La religión organizada es “la fuente del odio en el mundo: violenta, irracional, racista, tribalista e ignorante”, sentencia Hitchens. 

En su libro de 2007, titulado Dios no es bueno, Hitchens defiende la idea de que “Sobretodo necesitamos una ilustración renovada, que se base en un estudio de la humanidad, una humanidad de hombres y mujeres. Esta ilustración no necesitará personas de talento y valentía excepcional, sino de la persona promedio. El estudio de la poesía y la literatura, por sí mismas y por las eternas cuestiones éticas que abordan, puede reemplazar el estudio de los textos sagrados.”

Aquí es donde el Hitchens racional se encuentra con el Hitchens esteta. Su crítica se forjó tanto por su sentido lógico como por un apasionado estudio de la poesía y la literatura. Sin embargo, Hitchens es precavido con la unión de los opuestos. 

En Huxley y un mundo feliz, concluye: “La búsqueda del nirvana, como búsqueda de la utopía o la sociedad sin clases, es en último término fútil y peligrosa. Implica, sino necesita el sueño de la razón. No hay forma de escapar de la ansiedad y la lucha.”

Una sociedad estratificada es el reflejo de una mente estratificada. Hoy, tanto en la sociedad como en nuestra mente, prima la razón. Es por eso que Hitchens relaciona la desaparición de las clases con el sacrificio de la razón, y ¡tiene razón!

El lado oscuro de la luna

Por su parte, el Hitchens sentimental es un ávido lector, y a veces aparece en la obra un refinado talento estético, que se filtra entre algunas líneas, para quedar de nuevo aplastado bajo el yugo de un poderoso intelecto. 

Por momentos su prosa se vuelve plástica, sensible y delicada. Con profundo sentido estético critica la obra de Joyce y Byron, mostrando además un amplio conocimiento de los autores románticos. Otras veces, el Hitchens crítico se hace pesado, aburrido y racionalizador. Se olvida de la estética y emplea su lado lógico para pelear contra el arte irracional.

La gran admiración que antes expresaba por los hombres de la política, ahora se dirige a los románticos. En La desgracia de la poesía, cita al poeta inglés Lord Byron, quien pronuncia las palabras que el intelecto de Hitchens no permitiría: 

“El gran objeto de la vida es la sensación –sentir que existimos– aunque con dolor –es este ‘vacío ansioso’ que nos lleva al juego– a la batalla –al viaje– a búsquedas rigurosas pero agudamente sentidas de todo tipo, cuya primera atracción es la agitación inseparable de su cumplimiento”.

No hubo período de su vida en el que Hitchens supiera más esto que durante su enfermedad. En su columna de Vanity Fair, dice: “el hecho más paradójico de tener una enfermedad mortal es que, por un lado, gastas un montón de tiempo preparándote para morir, mientras te aferras al negocio de la sobrevivencia. Torturado eternamente por esa negociación físico-mental que trae el dilema, ¿Qué pasa si me recupero, o qué pasa si no?”

En un obituario de El País, se mencionan las memorias de Hitchens, Hitch 22, publicadas en 2010. Allí, Hitchens no puede evitar citar a un romántico más: Søren Kierkegaard, el padre del existencialismo: 

“Estamos condenados a vivir hacia adelante y revisar hacia atrás.” El obituario sentencia: “Aquella frase de Kierkegaard enseña una paradoja, y se la enseña a Hitchens: estás condenado a vivir hacia delante, pero cuando mires hacia atrás tendrás la impresión de haber hecho el trayecto en vano, pues al fin te encuentras con las mismas ruinas del principio”. 

En su vida repleta de humo y alcohol, violenta, polémica, esencialmente romántica, Hitchens se aseguró un tiquete en primera fila para reunirse con la muerte. El viaje, la búsqueda interminable que Byron grita por él, parece ser la del amor, una palabra que a duras penas aparece en Amor, Pobreza y Guerra. Al final de El inmortal, Hitchens cita al filósofo F.H. Bradley: 
“Para el amor insatisfecho el mundo es un misterio, un misterio que el amor satisfecho parece comprender”.

Hitchens replica que Bradley promete más de lo que da, y claro, para un idealista como Bradley la realidad está en la mente y no en los sentidos. Un fumador y borracho que se regocija en la distorsión de los sentidos no lograría comprender esto hasta que estar a un paso de la muerte: “La enfermedad y la victimización del cáncer trae aparejada una tentación permanente a centrarse en uno mismo e incluso a sólo confiar en la existencia de tu propia mente”, dice Hinches.

Quizás era precisamente allí, en lo más profundo y desconocido de su propia mente, donde Hitchens había olvidado ver. Es allí, “el vacío ansioso” de Byron y del romanticismo, donde se encuentra el camino de todas nuestras búsquedas, la búsqueda de la felicidad que enamoró a Hitchens de la tierra de la Ruta 66, y más allá, el camino de formación del hombre, el Bildungsroman que Hitchens profesó por el Amor, la Pobreza y la Guerra.


viernes, 18 de noviembre de 2011

No teme hundir las manos en la tierra

Las manos resquebrajadas terminan en dedos regordetes y ennegrecidos por la tierra. Las uñas duras y atrofiadas por el trabajo de un hombre que ha sobrevivido a ochenta y ocho años y dos ataques al corazón.

Fotos: Regina Sepúlveda.



DON GILBERTO RODRÍGUEZ camina todas las mañanas. Se levanta a las 5:00 a.m. pasadas para salir con machete en el cinto y un bastón para quitar las ramas que se le atraviesan. El médico le dijo que caminara una hora y media todos los días, y el viejo sigue la indicación al pie del camino.

Aunque su familia no está muy de acuerdo, don Gilberto recorre solo largos trayectos en los bosques del Corregimiento de Santa Elena.

“En la casa me dicen que si quiero caminar, que camine cerquita, pero ‘cerquita’ es que me voy pa’l monte, ¡y eso fue lo que me recetó el médico!”, sonríe tímidamente, y continúa con firmeza, un paso más lejos de su casa. 

El rostro moreno corona un cuerpo fortísimo que ha sido su herramienta de trabajo durante toda la vida. Don Gilberto nació en la vereda Mazo en 1932: él ha podido ver cómo las montañas azules se han llenado de casitas, cómo alrededor de las antiguas viviendas campesinas se fueron levantando los adobes, y cómo se le vendió la tierra a la gente de Medellín que venía a pasar el fin de semana.

“Anteriormente no habían sino unas poquitas, pero ya uno no ve sino casas y casas como en un pueblo. Al lado de las casas viejas construyeron los hijos y los yernos, y vea, sólo en esa montaña ya hay más de diez casas, pero antes era pura manga”, dice don Gilberto, señalando con el bastón.

Don Gilberto Rodriguez  y su esposa Martha Soto.

En Santa Elena es evidente la progresiva urbanización del paisaje, las costumbres y el trabajo. El corregimiento ha cambiado mucho en las últimas décadas, por acción de una ciudad que no era ciudad cuando Don Gilberto era un niño que corría descalzo y se bañaba en las quebradas de la vereda Mazo.

Medellín se transforma y transforma su periferia. El Valle de Aburrá y las montañas que se levantan en su costado oriental han estado unidos desde tiempos inmemoriales, pues esa es la ruta que une los valles de Aburrá y San Nicolás, comunicando la “capital de la montaña” con el próspero Oriente Antioqueño.

Unidos por vías antiguas, como el Camino Indígena de la Sal o la Vía Santa Elena, en la que trabajó el padre de Don Gilberto, los destinos de la ciudad y el campo están atados para siempre.

Hasta no hace mucho, la ruralidad se contentaba consigo misma. La agricultura era, en lo esencial, una actividad para el sostenimiento propio: la tierra daba sus frutos a quien con se los ganara con el sudor de la frente.

“Yo sembraba papita y deshierbaba el maíz de las fincas de los ‘viejos antiguos’, pero en ese tiempo los cultivos eran pequeños, no como ahora que sacan bultos y bultos”, relata.


Este hombre, más bien bajo y de complexión robusta trabaja aún en lo mismo que su padre y sus antepasados. La vida de jornalero no es fácil. Es un trabajo duro, que se convierte en una opción para quienes, como Gilberto, no superaron el segundo grado de primaria. 

“La paga es más bien poca, por ahí 25.000 pesos el jornal, y eso sólo alcanza para mecatear”. Pero sin embargo, madrugar es una costumbre para él. “Me levanto temprano porque desde joven me mandaban a recoger leña o abono para las matas”. 

Durante su vida ha cultivado papa criolla y “fina” (es decir, capira), arveja, coles, vitoria, ahuyama, cidra, y flores de jardín. No teme hundir las manos en la tierra, y mira con detenimiento todo que está en la tierra, pues de la tierra brota la vida.

Con el bastón golpea las botellas que los turistas dejan en el bosque, y todo lo que le llame la atención. “Casi siempre camino por las antenas de Telecom o el mirador de La Paloma, pero no me gusta ir por allá los sábados y domingos porque hay mucho malencarado, aunque también gente formal… hay de todo”.

Caminando se topa con una gran amanita muscaria, esas setas rojas que se usaban para espantar las moscas, y la destroza con su bastón. Luego se lamenta de no alcanzar con él las curubas maduras que se enredan en los árboles altos y cuelgan ofreciéndose a las aves madrugadoras.


Don Gilberto trabaja la tierra para sí mismo. Gracias a su trabajo, su familia cuenta con una provisión constante de hortalizas. Pese a que hoy en día la producción agrícola de Santa Elena está pensada para satisfacer más que la demanda familiar, las nuevas generaciones no parecen querer seguir trabajando la tierra.

“Los jóvenes quieren trabajos fáciles, se van para Medellín, o manejan carro”, señala don Gilberto. Claro está que muchos cultivos grandes no requieren mano de obra constante, salvo en época de cosecha.

Mientras tanto, el oficio artesanal de la tierra se está perdiendo. Este es un oficio de tiempo completo, pues los pequeños policultivos familiares necesitan mucho cuidado. La aparición de abonos y pesticidas químicos resulta también un considerable impacto al oficio y al medio ambiente.

“Yo sigo cultivando con abono, recojo hojarasca y boñiga, pero hoy lo que se usa es puro químico”, cuenta don Gilberto. Esto genera un gran impacto ambiental que se ve reflejado principalmente en el deterioro de las aguas. “Antes uno tomaba de cualquier quebrada y era agua limpia, pero ya no se puede…”, añade.

Pese a todo, don Gilberto no se queja ni parece triste frente a una situación inevitable. Los destinos del Valle de Aburrá y de las montañas que lo vigilan están ligados como los de sus habitantes.  
El oficio artesanal de la tierra quizá pueda reaparecer de algún modo bajo las nuevas técnicas de agricultura urbana, que sin duda será tan necesaria para la sostenibilidad de las ciudades del futuro.

No olvidemos que la agricultura fue indispensable para la aparición de la civilización. Hoy en día sin embargo, parece una actividad trivial y hasta ignorada. Para poder tener certeza de qué hacer con nuestros destinos, deberíamos considerar cómo fue posible forjar un destino humano, y para ello es indispensable mirar atrás y reconocer que el primer oficio del hombre fue procurarse el alimento hundiendo las manos en la tierra.

martes, 15 de noviembre de 2011

El oficio de la tierra

Hace tan sólo unos días, en el último del mes de octubre, nació en Filipinas Danica Camacho, una bebé igual a cualquier otro, igual a los más de 50 que nacen en la India cada minuto, igual a usted y a mí hace unos años: desvalidos, frágiles y hambrientos. Sin embargo, Danica es mundialmente famosa y lo único que hizo fue nacer.

LA BEBÉ FILIPINA ES FAMOSA porque Naciones Unidas la certificó el día de su nacimiento como el ser humano número 7 mil millones. 
La cifra resulta increíble si se considera que en 1804 éramos sólo un millar de millones y que en 1999 la ONU contó en Bosnia Herzegovina al ser humano 6 mil millones, es decir, en la Tierra hay mil millones de personas más que hace 12 años.

El crecimiento demográfico nos alerta sobre la importancia de pensar en el equilibrio del Planeta mismo, pues somos un mar humano que está devorando sin compasión todos los recursos naturales.

Esto es aún más preocupante si se sabe que el mayor crecimiento de población se ha concentrado en los países más pobres, lo que dificulta la erradicación de la pobreza, y que un 48% de la población mundial vive con menos de dos dólares al día.

Así pues, somos muchos y repartimos mal lo que tenemos. El principal problema parece ser alimentario. Según cifras de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en 2007 había 923 millones de personas con hambre crónica en el mundo, cifra que se concentraba en Asia y el África subsahariana.

Sin embargo, no hay que ir muy lejos. En Colombia, según la Unicef, mueren 5 mil niños al año por causas relacionadas con la desnutrición.

Todo esto parece ser una tragedia inevitable, propia de un país con graves problemas de desigualdad, pobreza y hambre que pueden rastrearse hasta las mismas raíces del conflicto. El reparto desigual de la tierra y una ruralidad olvidada por las élites políticas son hoy los mismos obstáculos que enfrentan Colombia y el mundo entero frente al problema de la alimentación.

Frente a un oscuro panorama, las oportunidades para nuestro país son inimaginables. Una posición geoespacial en el corazón del trópico, la variedad de pisos térmicos y climas, la abundancia de recursos hídricos y la fertilidad de los suelos hacen de Colombia una potencial despensa alimentaria de la humanidad.

Según la FAO, las necesidades alimentarias podrían incrementarse en un 70% para el año 2050. Si esta demanda no es suplida de una forma sostenible y equitativa, no se puede esperar más que conflictos, como en nuestros días.
Frente a esto, nuestro país, que tiene la potencialidad de una producción agrícola privilegiada en el mundo, no puede dudar la conveniencia de plantear una política agraria de largo alcance.

A principios de octubre, el congreso de los Estados Unidos ratificó el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Colombia. El sector agrario se verá profundamente afectado, aunque de manera desigual: por ejemplo, las frutas y hortalizas se beneficiarán, mientras que los cereales sufrirán una fuerte competencia.

Estos y otros efectos complejos del TLC con Estados Unidos son de gran importancia en una política agraria de largo aliento en nuestro país. Sin embargo, pensar en un modelo de económico basado en la producción alimentaria no suena tan descabellado después de todo. 
Aún más, sugiere la resolución del problema estructural del conflicto colombiano: una ruralidad olvidada y hasta despreciada por la sociedad y, sobre todo, por un Estado que la dejó a merced de grupos armados ilegales y el narcotráfico.

El agro colombiano podría generar miles de empleos formales y una retribución inmensa en términos sociales para el país y para el mundo.

Puede sonar exagerado, pero el país necesita con urgencia pensar en el asunto de la tierra, con miras a una comunidad global sostenible y sin hambre. Rescatar el oficio de la tierra, uno digno y reconocido por todos como fundamental, es indispensable en los días en que los seres humanos alcanzamos los 7 mil millones.

viernes, 19 de agosto de 2011

Doña Tulia no tiene sombrilla

En el Pasaje la Bastilla el trago se apura entre nubes de tabaco. Dientes desgastados desgarran el hígado asado y los trabajadores almuerzan a las 7:00 de la noche. Doña Ana Tulia invita a una empanada mientras los ancianos lloran el pasado perdido de este sector emblemático de la ciudad.


EL HOMBRE DE CAMISA AZUL frunce el seño mientras se sirve un trago más de chirrinchi. Lleva varios días sin afeitarse y el bigote le da una expresión dura. Pese a su aparente descuido tiene la camisa bien metida en el pantalón de paño barato. Su amigo de rojo, igual de desteñido, mira fijamente a ninguna parte mientras hace pasar el licor por su garganta. Son las 3:00 de la tarde.

Los dos hombres están recostados en un muro del pasaje La Bastilla, en el centro de Medellín, no muy lejos del Edificio Coltejer. A su lado, prefiriendo sentarse en un local, hay un viejo engominado mirando la calle y después a las frías baldosas, al sentir las manos de una mujer sobre sus piernas.

Licor por todos lados, cerveza, ron, whisky y aguardiente: del “antioqueño” que produce la Fábrica de Licores de Antioquia (FLA) y espera poner en el mercado 60 millones de botellas este año; y del "callejero", que no es más que alcohol etílico mezclado con agua y otras cosas. 

Un licor que emborracha como un diablo y que sin dudas cumple el cometido de hacer olvidar las penas. Varios ancianos de ojos perdidos las han olvidado para siempre. Murieron aquí, entre la Calle Colombia y la Avenida la Playa, a manos de este potente licor, el chirrinchi.

Pero no todo es licor. Muchos pasan sin siquiera notar la borrachera de los bebedores tempraneros. Lo que hay aquí es sabor y color en ebullición. 

A pocos pasos de distancia se encuentran varios puestos de comida callejera, donde se atiende a quienes están de compras en el centro, a quienes también trabajan aquí y sacan cinco minutos para despacharse unos frijoles con chicharrón, a quienes sólo están en busca de un almuerzo rápido y barato, y por supuesto a quienes están bebiendo.


Locales, sobre ruedas y espaldas

En la Bastilla hay negocios dentro de los locales y negocios en plena calle. La simbiosis entre comida y alcohol no escapa a esto. Se puede beber en un bar y descansar en las sillas de espuma y cuerina roja o beber en la calle y recostarse en el poste de la luz. 

De igual manera se encuentran los almuerzos completos tanto en los locales como en la calle. Siempre es barato en comparación a los exclusivos restaurantes de otros sectores de la ciudad, incluso del mismo centro.

También están los que llevan literalmente el negocio en la espalda. No es raro ver a alguien que intenta vender un crucifijo que carga sobre sus hombros, como si él fuera el Nazareno. Los negocios de comida también pueden ser tan portátiles: un hombre entra a un bar con una bandeja con pasteles de jamón y queso y una variada paleta de salsas. Allí no venden comida por lo que el hombre es aceptado sin más: una simbiosis entre los bares y los vendedores de comida.

Una señora lleva una canasta llena de porciones de lasaña y un tímido joven lleva empanadas en consignación. El sistema puede variar, pero algunos de estos vendedores no producen los alimentos sino que los revenden en los bares, mientras que los fabricantes tienen puestos en el Parque Berrío o locales móviles en pequeños camiones.


Con las manos en la masa

Aquí no hay altos ejecutivos ni negociantes de alto calibre. Hay mercaderes al menudeo, trabajadores de la calle que se compran y venden entre sí a precio de fábrica. ¿O cómo se le dice a un plato de fíjoles, arroz y patacón con hogao a 2 mil pesos? 


Doña Ana Tulia Torres los vende y le “brinda” un patacón más que se rehusará a cobrar. Ella es conocida por todos aquí, lo que no es raro pues Ana Tulia está en el pasaje La Bastilla todos los días desde las 3:00 de la tarde hasta las 10:00, desde hace 13 años.

Generosa y tan hábil con la palabra como con las manos, prepara empanadas de papa y carne con arroz, chicharrón y plátano mientras cuenta cómo llegó a esta ciudad hace casi 20 años desde Dabeiba, municipio del occidente antioqueño, con su esposo y 9 hijos. El primero no sale de casa desde que quedó tullido por un atraco. Tres de sus hijos ya no viven, pero uno de ellos que es teniente de la policía y le ayudó con una casa en la Ochenta con la Ochenta.

Doña Ana Tulia no tiene sombrilla, como las vendedoras de hígado de al lado. Si llueve le toca mover su carro metálico hasta la sombre de un gran árbol que nace justo en medio del pasaje. Una vez lo llevó demasiado lejos y los de espacio público le tiraron al piso el chicharrón porque no estaba en el puesto autorizado.

La relación con ellos puede ser difícil. “Ellos hacen su trabajo”, dice Ana Tulia. Los de la secretaría de Salud también vienen a veces. “Una vez me dijeron que no podía volver a vender comida si no iba a las Torres de Bomboná a hacer un curso de manipulación de alimentos”, cuenta Ana Tulia.

Entre 2006 y 2007, la Secretaría de Salud de Medellín capacitó a 10.040 manipuladores de alimentos, en especial los que se dedican a la economía informal. Esta formación es requisito indispensable para que los vendedores ambulantes puedan obtener el permiso y garantizar su permanencia.

“Me toco ir a 3 días de capacitación en las Torres de Bomboná, aunque queda muy atravesado porque es al medio día”, dice Ana Tulia. Sin embargo parece que esto se cumple más para poder seguir vendiendo y no por salud. 

La secretaría de Salud expresa que los establecimientos sancionados, una vez cumplan con los requisitos sanitarios pueden volver a brindar sus servicios.


Conversaciones entrecortadas

De noche, la cosa es a otro precio. Muchas personas salen de sus oficinas, que quedan justo arriba de los bares y así sea miércoles ¿Porqué no una cervecita? 

Al parecer, las mujeres son las que más toman. “Acá vienen las asesoras de Colpatria tomarse los traguitos”, cuenta Carlos Augusto Patiño, un hombre de mediana edad, bonachón y de voz carrasposa, como buen bebedor. Patiño es mesero en el bar “El Despeje”, ubicado un par de cuadras de la Iglesia de la Veracruz.

La combinación de las mujeres y el alcohol es explosiva. Sino que lo digan las saloneras, las tradicionales meseras de los bares del centro. “Al patrón no le gusta trabajar con mujeres. En un bar los borrachos les pueden mandar la mano”, cuenta Carlos Augusto.

En “El Despeje”, sin embargo, no parece muy probable que esto pase pues en cada mesa hay una pareja compartiendo un trago y un mango biche, cortado en julianas generosas y con la mejor presentación, gracias al simpático mesero. 

La música es muy variada. Desde México a la Argentina, pasando repetidamente por las Antillas cada noche, los meseros programan un viaje musical en una lista de reproducción que antes era trabajo de las rockolas, pianos y traganíqueles. También están los músicos de verdad, con sus vestiduras tristes  y su ojos amables, dispuestos a competir con los altavoces en nombre del amor.


En el bar “El antioqueño”, esta vez en pleno Pasaje las Bastilla, se pasa el licor con achiras, unos crujientes bizcochitos de maíz. La salonera de ojos miel sonríe mientras toma la orden y se guarda el lapicero en medio de los pechos. Los hombres la ignoran pues están muy ocupados en entender algo de lo que dicen los otros entre la fuerte guasca, el fútbol internacional de las pantallas o la esbelta figura de las chicas águila de la pared.

Afuera, la melancolía de las lentas rancheras, guascas y tangos se hace más soportable con el fuerte olor de la carne asada. Los aliños son los culpables de darle un marcado acento a las notas del hígado de cerdo, más barato que el de vaca, que destila jugosos fluidos. Quienes salen del trabajo apenas a las 9:00 p.m. y no tuvieron hora de almuerzo se regocijan con solo pasar por ahí.

Doña Tulia sigue sonriente. En 65 años de vida no ha dejado de trabajar un sólo día y jamás le da síndrome de lunes. 
“Cómase otra empanada, yo se la brindo”, dice.
“¡Pero usted regala la mitad de su negocio!”.
“…Y nunca me ha faltado nada”, dice mostrando los dientes detrás del labial corrido. 

Es verdad. Doña Ana Tulia no tiene sombrilla, pero tiene todo lo que necesita. “Igual uno se muere y nada se lleva…”


miércoles, 17 de agosto de 2011

¡Que corra la sangre del pan!

Centro de Medellín: gente que pasa, gente que espera, gente que conversa o que evita la charla. Gente que come y bebe al final del día mientras siguen un partido del Nacional. En un bar, Edier Osorio apura la sangre del pan... ¡bien fría por favor!


Foto: Pexels

EDIER OSORIO SE LEVANTA PRESTO a limpiar la mesa donde se acaban de sentar un par hinchas del Atlético Nacional. Tienen la camiseta del equipo tan ajustada a sus cuerpos que más de uno pierde la concentración al verlas entrar.

Es medio tiempo y el equipo paisa va perdiendo por un tanto frente al Deportivo Cali. En el bar hay pocas mesas ocupadas, es mitad de semana y nadie vino a bailar, sólo a ver el juego. Sin embargo, se bebe ron, aguardiente y mucha cerveza.

Hoy cierran a la media noche o hasta que se vaya el último cliente. Los fines de semana se pueden ir hasta las 3:00 de la madrugada. “Es un trabajo duro, muy agotador. A mí la verdad no me gusta, pero estoy aquí mientras consigo otra cosa, hay que esperar…”, cuenta Edier. “Además uno se puede volver alcohólico. Yo trabajaba antes en otro bar y tomaba todos los días”, agrega el joven.

Los problemas con borrachos son algo cotidiano en este oficio. “La semana pasada llegó un señor ya tomado y me pidió que le cuidara un bolso. Al rato me lo reclamó y se puso muy bravo, me insultó y quería pegarme dizque porque le faltaba un billete de 50 mil pesos. Después de buscar resulta que el billete estaba todo arrugado en el fondo del bolso”, dice.


La compañía de la bebida

El piso del bar, que es bastante amplio, es de la misma baldosa decorada que ya sólo se encuentra en las casas viejas. La luz es tenue y hacia el fondo dominan las tinieblas: el lugar preferido por las parejitas no tan jóvenes. Las paredes están decoradas con discos de acetato que ya no suenan, porque el dueño del bar se encarga de programar la música en su computador.

Aquí lo que más se mueve es el ron por medias, y claro, litros de cerveza. “El pasante normal son las crispetas. Si un cliente pide una media o más, se le da una ensalada de frutas con naranja, limón, mango, coco y tomate de árbol”, dice Edier, mientras le baja a la música y le sube al segundo tiempo del partido. 

El bar está sobre la Avenida Ayacucho, en el centro de Medellín, cerca de la fila para tomar las busetas hacia Santa Elena y Rionegro. Hay un flujo constante de personas: estudiantes, secretarias, floricultores, choferes, músicos, comerciantes, jubilados, desempleados, vendedores de chucherías…

Muchos de ellos comen y beben aquí, mientras esperan o van de paso, aprovechando la oferta que abunda en la calle. Toda la cuadra tiene negocios de comida y bebida y varios puestos callejeros. Junto al bar hay una típica tienda de esquina, donde lo que más se vende un miércoles es el elixir amargo que los alemanes llaman ‘la sangre del pan’... la cerveza.

En una media hora se vendió una media docena de amargas. Un viejo conversa con una joven de uniforme colegial que a su vez toma de la mano a su compañero. En una esquina hay un joven solitario, o más bien, acompañado por dos mujeres de cuello largo. No les habla. ¿Para qué si puede bebérselas?


Mejor viejo conocido…

El licor es un viejo amigo de la humanidad. Todos los pueblos de la tierra comen y beben. También han descubierto sustancias que alteran la conciencia, las bebidas alcohólicas son una de ellas. Ya sea por el descubrimiento accidental de un proceso natural como la fermentación, o mediante un saber técnico aplicado, como es el caso de la destilación, todos los pueblos del mundo tienen bebidas para emborracharse. 
“Esta es una de las constantes universales en antropología”, explica el Antropólogo Julián Estrada Ochoa. “Tanto nosotros como los indios del amazonas se emborrachan, y comen juntos. Comida y bebida son inseparables, y están presentes en todas las relaciones humanas”, agrega.

El acto de beber se convierte en un ritual, con profundo significado. El trabajo académico y periodístico de Julián Estrada apunta en esa dirección. No se trata de beber por beber. Aunque lo que se busque sea la embriaguez que hace olvidar las penas, se está desbordando cualquier evaluación del contenido simbólico y cultural de un acto tan cotidiano y trivial en apariencia.

Quienes beben hoy al salir del trabajo, viendo el partido, conversando o mirando a la esquina del techo, están cumpliendo el interminable ritual del alcohol. Para tener un minuto de descanso después de la dura jornada, para gritar más duro los goles, para hacer más amena la charla, o para no charlar sino con la botella…
Las razones son miles pero el ritual es el mismo. El hombre es el mismo.

En la cuadra del bar hay además un local de bocados rápidos: palitos de queso, pasteles de pollo, empanadas y gaseosas. El dueño grita a cada rato para que le despejen la vitrina. También hay una licorera y un par de puestos callejeros, uno de confites y cigarrillos cuya dueña no duda en despacharse un aguardiente. El otro, todo un éxito, se ha hecho famoso en el centro por sus empañadas de fríjol con chicharrón.

A pesar de ser mitad de semana, las bebidas alcohólicas se sirven y se toman sin problema, aunque con moderación. Más tarde quizás empiecen a llegar los que están tomando enserio. En una ciudad como Medellín, al parecer no es problema beber aún cuando se tiene trabajo al otro día.

Edier Osorio es un buen mesero. Encaja en el estereotipo del barman confidente porque es muy amigable y conversador. Sin embargo, su trabajo no lo satisface del todo. Ha intentado conseguir trabajo atendiendo llamadas en un call center, atando nudos de las bolsas de mercado en Carulla y hasta empacando pollos congelados, pero hasta ahora no ha resultado nada.

Al menos tiene trabajo y lo hace bien. Tal vez necesita conversar más. Los pollos congelados son muy malos platicantes. Además puede ver el partido, que tiene a toda la cuadra pendiente del televisor. Afuera se armó un caluroso debate de nombres y posiciones. ¿Quién dijo que la gente de la calle era ignorante? Conocen mucho más de táctica futbolística de lo que cabe esperar.

Sin embargo, el resultado de hoy es malo para el Nacional. Bréynner, el ‘Cachorro’ Belalcázar, volante del Deportivo Cali, le aguó la noche a la cuadra entera con un fuerte remate de media distancia. “Al menos fue un golazo”, se consuelan. 1 - 0 perdió el verde de Medellín, pero la noche continúa: Comida y bebida no dan espera, ¡que corra la sangre del pan!


lunes, 15 de agosto de 2011

Las empanadas de más ricas de toda Medellín

Toda una bandeja paisa metida en un bocado rápido para después del trabajo o unos tragos. Doña Victoria se inventó un plato que es tan original como tradicional.



“¿CUÁLES SON LAS DE FRÍJOL?”, pregunta un transeúnte hambriento. Una señora de ojos verdes le entrega una servilleta y le señala lo que vino a buscar. La empanada se ve pequeña en la manota del hombre que la devora en par bocados. “…Otra, por favor”, le dice a la señora. Ella sonríe: todos los días tiene nuevos clientes como él.

Doña Victoria Muñoz tiene los ojos verdes y un puesto callejero en Ayacucho, centro de Medellín. Allí ofrece empanadas de papa, de arroz y carne molida, chorizos, butifarras (embutidos de cerdo), tortas de chócolo, arepas, papa criolla y pastusa, tortas de carne (o mejor dicho, hamburguesas) y la tradicional chunchurria. También hay salsa de tomate, rosada, mostaza, de piña y BBQ.

Pero la gran mayoría de clientes vienen por un bocado en especial, uno que ya es famoso en todo el centro de Medellín: las empanadas de arroz y fríjol.

La palabra empanada proviene del castellano "empanar", o sea, "encerrar algo en masa o pan para cocerlo en el horno". Son muy antiguas y están presentes en casi todas las cocinas del mundo. Se hacen a partir una envoltura de harina, normalmente de trigo, maíz u otro cereal y en su interior se ponen los más variados rellenos según los ingredientes de la región. 


La criolla

En Colombia, las empanadas son casi exclusivamente de maíz frito, pero el relleno puede variar. ¿Quién no se ha comido una empanada con relleno de papa aliñado y ají? 

Esta receta es la más sencilla y común en Antioquia, aunque también puede llevar carne molida, y en otras regiones del país, maní, queso, calabaza, ahuyama, carne de res, pollo y cerdo, arroz, garbanzo, huevo duro arvejas y zanahoria. En todo caso, las empanadas presumen esa forma inconfundible de media luna, de bocadillo sonriente que invita a comer. 

El antropólogo Julián Estrada Ochoa, dice sobre este manjar: “Si existe alguna receta en nuestra cocina que merezca un monumento, esa receta es la empanada. Para nadie es un secreto que en buena parte iglesias, colegios, carreteras, puentes y hospitales se han hecho en este país a punta de empanadas”.

La empanada es el pasabocas más representativo de nuestro país: se puede encontrar en cada atrio, panadería, tienda de esquina o en plena calle y ha sido probada por todos los paladares, desde los más refinados hasta los que se conforman con todo, porque a veces, como dice Estrada, “el hambre es la mejor de las salsas”.

Pero las empanadas de Doña Victoria son francamente deliciosas. Una cubierta de maíz tostado que esconde en su interior un suave calentao de fríjol dulce y trocitos de chicharrón… y un poco de guacamole. Ella es la inventora, dice. “Un día me puse a pensar qué le ponía a las empanadas, y claro, se me ocurrió algo muy paisa, fríjol y chicharrón”, asegura.

Las dichosas empanadas ya tienen copia en varias esquinas de la ciudad. A sólo unos pasos del puesto de Doña Victoria, cerca de la Plazuela de San Ignacio, otro negocio ofrece las “empanadas paisas”, con los mismos ingredientes. “Me han dicho que las mías son mejores. A las otras les meten el chicharrón entero y no cocinan los fríjoles con plátano maduro”, asegura Victoria.

Este es uno de los más de 2.500 puestos de comida rápida que hay en Medellín según la Secretaría de Salud, entidad encargada de supervisar este tipo de negocios. En las cercanías hay varios bares, donde licor circula generoso aún en semana. Muchos hacen estación para beber y comer algo. 


Clientes, de todos…

Muchos de los clientes de las empanadas de fríjol con chicharrón son trabajadores que inundan el centro entre las 5:00 y casi hasta las 9:00 la noche, pero el puesto está hasta las 12:00 p.m. todos los días y en fin de semana hasta las 2:00 a.m. o hasta que haya compradores. 

Doña Victoria vende a los que empinan el codo y están hambrientos, o deseosos de cortar el alcohol con un chorizo aceitoso, unas butifarras o la tradicional chunchurria. “La gente de los bares me compra mucho, son muy buenos clientes, con hambre después de unos aguardientes”, dice.

Una vez llegó un borracho muy sucio y sin zapatos. Uno de los ayudantes le dijo que no hiciera bulla y que no molestara a los clientes. El borracho se molestó bastante y repetía: “acabo e’ llegar” y “¡miserable, usté que está aquí vendiendo un bocado de arroz!” Tanto fue el alboroto que otra ayudante replicaba: “Pues dale una empanada a ver si se calla”.


La paisa

En Antioquia siempre estuvimos acostumbrados a la sencilla empanada de guiso de papa y ají, o si mucho con carne molida. Por eso, y aunque los ingredientes siempre han estado en nuestra mesa, estas empanadas parecen toda una novedad.

En Centroamérica los fríjoles se usan con todo, fieles a la tradición indígena. En costa rica, las empanadas típicas son con fríjol, y en El Salvador están las ricas empanadas de fríjoles refritos en masa de plátano dulce.
Queda claro que los ingredientes son puramente circunstanciales, pues están sujetos a la disponibilidad que se tiene de ellos en cada región. Hoy, la bandeja paisa, que en realidad es la bandeja mestiza, queda resumida en un bocado rápido que se vende en las esquinas.

El maíz, el fríjol, el aguacate y los ajíes indígenas, unidos a las legumbres como la cebolla y la carne de cerdo de origen europeo, y por supuesto, la sazón negra, dan origen a una empanada deliciosa, original y novedosa pero al mismo tiempo tradicional… una apuesta fija con la que Doña Victoria le hizo honor a su nombre.

Empezó “por probar” con diez empanadas para la venta, que por supuesto no dieron un brinco. Hoy está alcanzando el límite de 200 ventas diarias, sólo en empanadas de fríjol, además de unas 90 de arroz y carne, y el resto de productos que ofrece en su puesto de Ayacucho.

“…Otra, por favor”, dicen los que la prueban. El que las prueba queda enviciado, no puede dejar de volver. “Es que les echamos marihuana”, dice una ayudante entre risas.